jueves, 23 de junio de 2016

AREQUIPA ETERNA



Rendimos homenaje a la Ciudad Blanca dando una mirada a su excepcional arquitectura resultado de una escuela con características increíblemente singulares que no poseen comparando en América o el mundo, no en vano su reconocimiento de ser Patrimonio Cultural de la Humanidad, valor dado por su condición de ciudad histórica viva.

Textos y fotos: Alejandra Llosa
Excepto fotografías de archivo
Texto publicado en la Revista Prestigia del Banco de Crédito del Perú BCP (2013)


Acuarela Arequipa, autor Luis Palao (Foto A. Llosa)

Siempre he creído que Arequipa goza de un poder hipnótico que asombra y complace al mismo tiempo. Cada templo, casona o boulevard por el que uno transita parece contar una historia que está eternamente vinculada, a sangre y fuego, a la blancura pétrea del silencioso sillar. A veces mientras camino por los zigzagueantes pasajes de San Lázaro, sueño que, como en una película de Woody Allen, llegadas las doce, aparezco de repente en una ciudad de comienzos del siglo XIX, y en vez de compartir una tertulia con Hemingway y Fitzgerald, me encuentro brindando a la salud de Flora Tristán y Mariano Melgar con una copa de anisado.  

 
La ciudad mira y habla. De día muestra sus mejores colores gracias a la campiña y sus monumentos. De noche se ilumina y descansa bajo la luna custodiada por los volcanes que la rodean. Es justamente debido a la presencia de esos volcanes que su arquitectura goza de la presencia del sillar. Esta piedra volcánica empezó a tener protagonismo en el último tercio del siglo XVI, primero en las portadas de la Catedral y en ciertas viviendas, y más tarde su uso se extendió completamente debido a su gran resistencia antisísmica y belleza estética. A partir de ahí, los alarifes arequipeños transformaron la piedra con empeño y genialidad artística, dejándonos grandes monumentos arquitectónicos que hoy son considerados patrimonio cultural de la humanidad.



Si hay algo que pocos saben en nuestro país es que el sillar transformó los cánones tradicionales de construcción en el Perú, empezando en el Renacimiento llegando hasta el siglo XX. Las bóvedas, patios, pórticos, contrafuertes y demás elementos de la arquitectura arequipeña colonial y republicana son el resultado de un profundo análisis de las técnicas de construcción realizadas con el sillar y de su adaptación al medio geográfico arequipeño. Durante más de cuatro siglos el Renacimiento, periodo del que poco o nada queda en pie en la ciudad, definiría lo que sería el casco histórico actual. Uno de los pocos ejemplos que se pueden encontrar es la fachada de la iglesia de San Francisco en la que se puede observar la conjunción entre el ladrillo y el sillar.


Calle Mercaderes 1912


Por su parte el Barroco traería consigo las transformaciones más importantes de carácter estético. Esta arquitectura planiforme, muestra del barroco mestizo, llamado así por ser una adaptación del barroco europeo a las técnicas nativas peruanas y americanas, se ve representada en las iglesias y casonas alrededor de toda la ciudad. La iglesia de la Compañía de Jesús (más específicamente su portada lateral) es la muestra más latente de este periodo. Este estilo no solo trae un cambio de estético a la ciudad, también le da una identidad propia a la arquitectura en Arequipa, debido a que es tan singular y especifica que no puede insertársele dentro de otra escuela determinada. Ninguna otra escuela sur peruana, sea la del Colca, la de Apurímac o la de Puno, entre otras; tiene similitud con la arquitectura de la ciudad aunque existan en ellas ciertas influencias.






Los Tambos

Con el neoclásico llegaría el momento de auge en la arquitectura de Arequipa. La gran cantidad de las muestras culturales y el vasto de su repertorio estructural que procede de esta época hacen que la ciudad sea considerada dentro de las ciudades americanas de segunda mitad del siglo XIX con mayor efervescencia cultural. Es en este periodo que se cree esa individualización del capital, dado que Lima se encontraba en un auge netamente barroco al cual Arequipa se contrapone con el neoclásico. Así surgiría la Catedral de la ciudad, siendo la obra arquitectónica neoclásica más importante de Sudamérica en la segunda mitad del siglo XIX.


Ya hacia comienzos de siglo, la influencia de la revolución industrial y de la Beaux Arts europea sería trascendental en la transición hacia el eclecticismo que surgiría en la nueva arquitectura de fines del XIX y comienzos del siglo XX. En ese momento aparece el ferrocarril, traído por los ingleses, y con él la arquitectura industrial. Empiezan a edificarse segundos pisos en las casonas de sillar y con ellos la ciudad alcanza un estatus cosmopolita que le da un toque muy particular. La avenida Parra y sus alrededores se convertirían en el barrio inglés, sin embargo, por falta de preservación no quedan ejemplos que dar de aquella época. Hacia 1940 en adelante el feroz crecimiento producido por las migraciones produjo una brutal transformación en la morfología de la ciudad.



Iglesia y jardín de Santa Teresa  (A.Llosa)

Las portadas blancas en Arequipa, carecen de expansión volumétrica, son enteramente planas y se alinean al mismo nivel del muro que las acoge, sin expansionarse hacia adelante, sin embargo, a pesar de dicha carencia de volumen, los sillares se tornan corpulentos, se expenden hacia adelante, a la vista de quien los observa: los artesanos de Arequipa supieron organizar su diseño y ornamentación sin recurrir a ningún recurso volumétrico. Desde comienzos del siglo XVII hasta fines del siglo XVIII, sin discontinuidad, perduró la tradición de hacer arquitectura plana. Las portadas arequipeñas están diseñadas en el muro plano y recto como un tapiz reticulado, mediante los elementos arquitectónicos de soportes, cornisas y entablamentos. Esto no implica incapacidad para comprender y expresar la volumetría barroca, simplemente expresa un diferente comportamiento artesanal: mientras que en Lima y el Cuzco el barroco transformó las portadas en bloques salientes antepuestos al muro de la iglesia, los arquitectos arequipeños prosiguieron durante el siglo XVIII la antigua tradición de decorar las portadas en un sector del muro rectilíneo de las iglesias. Innovaron la traza y ornamentación de as portadas, pero sin introducir variaciones volumétricas en el muro de fondo.



Monaterio de Santa Teresa (A. Llosa)


Es interesante resaltar como, en pleno apogeo del barroco, se desarrolló una escuela arquitectónica extensa, duradera y difernciada de las otras escuelas arquitectónicas virreinales. Esta arquitectura inicia su desarrollo alrededor del año 1680. Se diría que fue manifestándose gradualmente para que, al mismo tiempo que se extendía su presencia geográfica, pudiéramos profundizar en la comprensión de sus características peculiares, revalorizando la estima acerca de su deslumbrante decoración y la magnífica variedad de sus estructuras arquitectónicas.


Era conocida desde antiguo en la ciudad de Arequipa y los entonces pueblos aledaños de Cayma, Yanahuara, Paucarpata y Chihuata; y se extendía también manifiestamente por las zonas ribereñas del Lago Titicaca, saltando desde Puno hasta Juli, Pomata y Zepita, para penetrar por el altiplano boliviano hasta Potosí; como si se hubiera propagado por la ruta de la mita minera de plata, en el ir y venir de los mitayos y los minerales. Otras investigaciones descubrieron posteriormente nuevas muestras de esta original arquitectura en el Valle del Colca, con el gran tapiz del muro en la iglesia de Yanque.



A.LLosa

A. Llosa


La difusión ampliada de esta arquitectura por la extensa región de las tierras altas surperuanas, presenta una gran variedad en las formas decorativas en la composición de los diseños de las portadas, e incluso en la luminosidad deslumbrante de sus materiales de construcción, al reverberar sobre las portadas los rayos intensos del trasparente y profundo cielo azul.


Concluimos pues, tan mestiza es la arquitectura planiforme en la expresión decorativa, como en sus diseños arquitectónicos y estructurales, porque ambos componentes emergieron mediante la creación original producida desde una cultura andina que ya era mestiza en sí misma y que había adquirido madurez como para crear su propia expresión arquitectónica específica.


Estos diseños arquitectónicos son peculiares de Arequipa, no se repiten en otros núcleos regionales y desde luego, no son en absoluto expresiones renacentistas de arquitectura española, sino innovaciones originales de la más plena actualidad en su época.  Es clara la muestra del trabajo exquisito y original de los arquitectos y artesanos anónimos, que supieron crear conjuntamente la decoración, los diseños y el modo de tallarlos, dando especial énfasis a la flora y fauna de la región.


Así pues, esta singular arquitectura se encuentra plasmada tanto en la arquitectura civil como en la religiosa. En la arquitectura civil, podemos reconocerla en sus casonas solariegas, con portadas labradas en la piedra volcánica y sus abundantes exornaciones.  Sobresalen la Casa del Moral, la Casa de Goyeneche, la Casa Ricketts, la Casa Irriberry y la Casa de la Moneda. En la arquitectura religiosa, los mejores ejemplos de ella son: La Iglesia y los Claustros de la Compañía, la Iglesia de Santo Domingo, la Iglesia de San Agustín, la Iglesia de Cayma, la Iglesia de Yanahuara, la Iglesia de Paucarpata y el Monasterio de Santa Rosa.



Monasterio de Santa Teresa (Foto: A. Llosa)

El Convento de Santa Catalina, creado el 10 de setiembre de 1579, merece una mención aparte, debido a que es uno de los monumentos coloniales de mayor prestancia, belleza e historia en América latina. Detrás de sus muros se encuentra una ciudadela detenida  en el tiempo por más de cuatro siglos, en cuyos claustros espirituales habitaron mujeres con gran devoción y fe. El Monasterio fue abierto al público en 1970, y es visitado desde entonces por artistas, historiadores, cineastas, arquitectos y miles de turistas en general, provenientes de todo el mundo. La arquitectura planiforme también se hizo presente en este recinto, como se puede apreciar en la bella arquería que tiene acceso a la calle, y que hace pensar que esta fue la primera puerta de ingreso al monasterio, en la zona alta de sus paredes se observan restos de bajos y altos relieves, que nos recuerdan esta técnica por el modo textilográfico de disponer los motivos ornamentales.


No menos importante es La Basílica Catedral de Arequipa, aunque su arquitectura no cumple con las mismas características de la arquitectura planiforme arequipeña, sino más bien es de estilo neoclásico con cierta influencia gótica. También fue construida en piedra de origen volcánico y data del siglo XVII.

En conclusión, la arquitectura arequipeña permanece ahí, estática e inmutable, mostrando ante el devenir incesante de las sucesivas generaciones de embelesados observadores, la luminosa exuberancia de frutas, flores, animales y rostros humanos de perfil, pues el paso del tiempo no ha diluido en nada el contraste de luces y sombras que cada día se encienden y se apagan en los surcos a flor de superficie de la piedra volcánica.

Arequipa 1912

Estas páginas espero sirvan de homenaje a los sencillos canteros y talladores que hicieron posible una de las más bellas arquitecturas de Sudamérica y el mundo.





No hay comentarios.:

Publicar un comentario